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Relato sobre un salvadoreño desaparecido
Por:  / 25 agosto, 2015
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Por Oscar Escamilla Archila/Blogs

“¿A dónde van los desaparecidos? busca en el  agua y en los matorrales ¿y por qué es que se desaparecen? porque no todos somos iguales ¿y cuándo vuelve el desaparecido? cada vez que lo trae el pensamiento ¿cómo se le habla al desaparecido? con la emoción apretando por dentro” (Rubén Blades)

Convertirse en sindicalista en los turbulentos años de la guerra civil salvadoreña, era parecido a ponerse frente a un arma empuñada por manos tensas.  Pero aún más tener una actitud soberbia y rebelde, en fin, lo que coloquialmente llaman “tener carácter”, puede ser la energía que invite a flexionar el dedo que reposa sobre el gatillo para percutir un proyectil mortal.  Alejandro Escamilla yace en la memoria de sus familiares, sepultado en la mente, a falta de un cuerpo que enterrar;  su desaparición simboliza uno de los tantos casos de vidas perdidas durante el conflicto armado.

Alejandro era uno de los  hijos de doña Natalia.  Este hombre de mediana estatura,  piel trigueña,  cuyo cabello escaso formaba una tonsura, junto a su complexión robusta, daba la imagen de un monje sin hábito. Los rostros de los desaparecidos nunca reflejan el terror de su destino, pues los vemos en fotografías capturadas en días agradables, no destellan sus ojos  miedos o amenazas, por eso es difícil imaginar el ocaso de sus vidas. Según el Informe de la Comisión de la verdad de los años 1980 1991 en El Salvador, se reportaron más de 7,000 casos de violencia,  de los cuales las ejecuciones extrajudiciales corresponden al 60 %, las desapariciones forzadas a un 25 % y las torturas a un 20 % del total.

Alejandro tomó un bus de la  ruta 38-B  a las seis y treinta  de la mañana pero nunca se presentó a trabajar.   Dedicado a la contaduría como profesión, se preparaba de madrugada para salir de su casa, abordar el transporte público y llegar al banco, irónicamente este hábito que le cosechó frutos laborales,  sería aprovechado por sus victimarios.  Como bien los expresa su cuñado: “Alejandro era de carácter fuerte, no le gustaba dejarse de nadie”.  No es casualidad que los rasgos de carácter incidan en sus círculos sociales.  Ingresó al sindicato de trabajadores unos meses atrás.

A las seis de la tarde, ya habían pasado horas de su retorno acostumbrado al hogar.  Su madre tiene un presentimiento, la ansiedad se apodera del pecho de esta mujer de corazón enfermo y comienza una búsqueda que a cada minuto aumenta en desesperación.  Llamadas, visitas a las oficinas de la policía nacional, los cuarteles de la guardia, en las cárceles de la alcaldía, acechando en los cementerios, en los hospitales, en todo lugar donde se supiera que llegaban detenidos sin identidad o cuerpos sin vida.

Incluso en los soleados predios donde comían los zopes de los cadáveres abandonados, expuestos a los ojos de los transeúntes –algunos del tipo “El Playón”  en la Libertad- bajo el sofocante sol de la estación seca, se aventuraba la familia a hurgar entre sus habitantes.  Gargantas cortadas, ojos fuera de las orbitas, manos y pies atados, orificios de entrada en las cabezas o entre las costillas, sangre escapando  de un vientre lacerado, tiesos, desmembrados, desfigurados, y hediondos, atestiguan la teoría y praxis de la crueldad aprendida en caras escuelas militares contra insurgenteso la hospitalidad de las cárceles clandestinas,  pero ninguno conoce a  Alejandro.

En esas horas de aflicción  la principal pregunta es ¿dónde está?luego se pasa a reflexionar sobre  ¿quién lo hizo?, y después  ¿cómo lo hizo?  Cuatro  años después, Natalia moriría atacada por un infarto sin responder ninguna.  Según el informe de la Comisión de la Verdad el 85 % de los actos de asesinato, tortura y desapariciones denunciadas fueron atribuidas a los agentes del Estado- cuerpos de seguridad, escoltas militares, defensa civil,  paramilitares y escuadrones de la muerte-. Si fueron ellos o algún pescador que aprovechó el rio revuelto de la violencia política,  dejan posibles respuestas para responder al ¿quién?.

Información recabada por la familia reconstruye una historia.  Cuando Alejandro se bajó del bus en centro de San Salvador fue interceptado por varios sujetos quienes a punta de armas lo obligaron a abordar un vehículo a eso de las siete de la mañana.  Con eso respondemos al ¿cómo?.Es importante agregar una pregunta más el ¿por qué?.    Una versión apunta a un supuesto amorío con una mujer celosa.  Otra refiere  a un altercado verbalmente agresivo con su jefe inmediato, y una más da cuenta de su calidad de sindicalista.

Pero independientemente de las motivaciones pasionales, personales o políticas Alejandro sigue ausente y sus victimarios invisibles.  Esa atmosfera de impunidad que arrastramos desde hace décadas nos advierte que el olvido  es una maquina vertiginosa e imparable que atropella  la justicia y de la cual solo sacan ventaja los asesinos.Abandonar a los desaparecidos es  como premiar a sus verdugos.


oscar Oscar Escamilla:  Abogado, docente e investigador, especialista en Prevención de  Violencia, bloguero de la Revista Gato Encerrado.

oscarorodolfoarchila@hotmail.com

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