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Mar afuera — Montaña adentro
Por:  / 2 mayo, 2016
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Por Rafael Lara-Martínez

Desde Comala siempre…

La Semana Santa de 1961 F. T. viajó a la playa. Por costumbre familiar pasaba dos temporadas veraniegas en el mar. Una en enero, cuando los cielos suprimían toda nube de su azul con esmero; otra en ese lapso que vaticinaba el cierre de la estación seca. El litoral se extendía entre dos puertos. El primero incitaba la franqueza; el segundo convidaba las tortugas a anidar entre carrizos y cañas. El trayecto era largo, de la ciudad a la costa. No lo medían los kilómetros. Lo calculaba el continuo oscilar de carreteras sesgadas. En esa comarca de lomas y quebradas, la marcha coincidía siempre con un desnivel. Proseguía la diagonal del alfil en suspenso.

Casi no había una línea recta. Un pasmo de demencia oblicua regía el trayecto y el idioma nacional, cuyo anhelo calcaba la geografía. En el trópico, toda alusión la dictaba una metáfora del litoral. Por idiosincrasia, el sentido figurado se imponía al literal. Una curva constante del sentido trazaba las calles y la palabra en su recorrido corvo. Del valle se subía en vaivén a una cumbre para luego bajar, en zigzag semejante, hacia el sitio del albedrío entre olas hirientes. Libre el mar se extendía, como un desierto azulado y tibio. Desde la playa negra de arena, blanca de espuma, se dispersaba hasta el horizonte sinfín. En ese pueblo hacían el último alto obligado. Se abastecían de hielo salado envuelto en costales de henequén para que resistiera el viaje.

Algunos mariscos, en la aldea de pescadores. Luego sólo se encontraban balnearios hacia la costa y rancherías desperdigadas hacia el interior, donde las colinas remontaban hasta la cumbre. Recién inaugurada, la carretera proseguía el serpenteo de las montañas costeras. Las cruzaba bajo tierra por cuatro túneles que las sajaban al medio. Las tajadas aún supuraban, sobre todo en el segundo túnel, el más largo, que goteaba un líquido viscoso al interior oscuro. A la entrada las plantas se retorcían, como si su dolor confesara la vivencia de un mundo absorto ante la intrusión ajena. Encarnaban la constante inquietud por la injerencia moderna en lo antiguo.

Ese entorno natural y humano jamás lo sustituiría el progreso, ya que en él perduraba su avance. Después del tercer túnel —breve y hermoso como su nombre, La Perla— la población escaseaba. Rala contrastaba con una flora cada vez más tupida. Del aljófar subía un camino —ceniciento en el verano; lodoso en el invierno— hacia el cerro de los dioses y los señores del comercio. Al margen corrían veredas poco transitadas que recortaban las montañas. Desde la cima hacia la costa. Más indulgentes que el pavimento, no zaherían la roca sino sus estrías sólo rozaban la superficie. Importunaban menos a los pobladores. El niño recordaba su primera llegada por esas batientes a lomo de mula amarrado para asirse firme de la bestia taimada.

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Casi todas las playas se parecían. Rodeadas de rocas, el margen de acceso marino disminuía al mínimo. Empero, acogedoras, en su cutis rugoso crecía una fauna marina compleja. Ignorada como el percebe o “pico de pato” que crecía al haz la piedra áspera ante las olas. La cultura de un pueblo limítrofe al mar, cuya espuma maduraba en cordillera. La ladera se alzaba en ese instante en que la ola reventaba en burbujeo y el pescador la escalaba en el sudor de su piel curtida. Al interior, el campisto jineteaba caballos entre los cerros; el tripulante, tortugas gigantes de la orilla a altamar. En ese tropo tórrido sucedía un constante oscilar entre la geografía y la palabra.

Como ese “pico de pato” —sin palmípedo ni plumas— que hacía de la metáfora la única manera de referir un mundo esquivo. Breve en su recorrido, la playa negra y magnética la cercaban dos cuevas enigmáticas. Hacia el norte, se izaba una enorme peña a rascacielos florido en la azotea, abierta al medio. En su refugio guardaba pedruscos, igualmente hendidos, y los valiosos desperdicios que arrojaban las oleadas. Conchas, maderos, tortugas y sirenas. Hacia el sur, pese a su altura similar, la cueva formaba una verdadera gruta estrecha que los murciélagos habían hecho suya. La tradición familiar le atribuía una leyenda holliwoodesca a la playa.

Una encantadora historia de amor. A lo Disney, según la horma de los cuentos infantiles, siempre existía una prueba a superar antes de obtener la mano de la prometida. Empero, ese happily ever after no eludía la paradoja. Una pareja dispar. La sirena viviría mar afuera; el campisto, en la cresta de la ola. La utopía enlazaba los opuestos. Haría crecer el café en la espuma de los tumbos y los peces nadarían bajo los madrecacaos de la cumbre. La idea lo estremeció fulminante esa semana en la que recibió una propuesta insólita. —Niño F., le sugirió el campisto que acarreaba los caballos del casco de la hacienda hacia el mar, ¿qué le parecería si yo fuese su padre y en vez de regresar a la ciudad se quedara a vivir aquí? Así conocería mejor la vida de esta región, en vez de leer libros en el colegio. Perplejo y escéptico, no respondió al ofrecimiento.

Quizás ahora sembraría milpas en las laderas, arriaría ganado y cortaría café. Cabalgaría galápagos entre las peñas. Mas la pregunta resonó por años en sus adentros. Como ideal de reconciliación imposible en un país por siempre dividido en su geografía, cultura y población. Pensó que río arriba vivían las Ilamas. Viejas consejeras acusadas de brujería. Vueltas peces en el olvido, pese a su rancio consejo de nobles curanderas. Se guarecían en una poza sombría y mohosa del riachuelo que recortaba la playa del poniente al oriente. Las ancianas le dictaron el dilema final. —Si te resulta trillado que el mar viva en la montaña y la montaña en el mar, imagina la ciudad en el campo y el campo en la ciudad. En su lengua ancestral agregaron. Cujx ijxcu, icpac titachiazque in tiueuetque, in titlamatque in cuzcat, in quetzal. El moho y el musgo que surge de nuestra sombra te acompañará siempre.

Que tiñan tu recuerdo de este verde oscuro de níspero sin flor. Al regresar a la ciudad su percepción había cambiado. Por influjo de las Ilamas, ya no percibía calles ni casas en la capital. Alucinado, pensaba que los cafetales en flor de la cumbre se diluían en espuma. Hacia la blancura de la neblina que inundaba Los Planes cada invierno lluvioso. Observaría siempre el juego mítico de las Reverendas Señoras. El reflejo del campisto en las calles. En la lejanía, confuso por el toluache de la memoria, recordaría el presagio expuesto ese día. Al acercarse a la muerte, el sinsabor del bálsamo le repetiría. —Teixpan y miq’ in azo telpuchtzinti omilamaui.


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