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Los espectros del travestismo
Por:  / 11 julio, 2016
lalalalala
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Por Rafael Lara-Martínez/rafael.laramartinez@nmt.edu

 Desde Comala siempre…

 Ahora que los espectros despiertan inquietos, transcribo el rumor de su presencia. No la anoto tal cual me la dictan. Su nublado susurro apenas resulta perceptible a dos horas claves del día. Al alba y al ocaso. En ese instante furtivo, una estrella se disipa y alumbra. Luego el rumor se opaca hasta extinguirse. Por esa fuga constante, las voces componen un contrapunto cuyo canon organiza la huida hacia la lejanía. El regreso cíclico en motete. Su presencia y ausencia, noche y día, se suceden en una revolución sinódica en alternancia. No hay una, sino existen varias maneras de entrever su retorno. Una primera tradición unifica el nombre de la estrella, Venus. Otra segunda leyenda lo separa: Nextamallani y Xolotl.

En paradoja, la unidad disgrega, al hacer a los opuestos irreconciliables. En contraste, la dualidad los reúne en su armonía complementaria y cambiante. El día y la noche, la vida y la muerte, yo y el otro, el hecho y la palabra, se suceden en un círculo de conversiones entre las antípodas. Por un juego especular, en su ausencia, los espectros le otorgan vida a un mundo que recrean en símbolos. Esa reproducción hace de lo real una apariencia. Una aparición fugaz como el habla nacida del aliento. Permanente como el glifo de su envoltura. El soplo huye perfumado de olvido, luego de enunciarse, mientras la huella lo retiene quisquillosa. Más le vale emigrar como las aves que sólo anidan letras los meses de invierno.

Las otras temporadas despegan hacia la humedad tibia y remota. Tal es la memoria flexible, esquiva. Se fuga ansiosa del pasado al vivir la presencia, el instante supremo. Su ofrenda de vivencia fluida. Tan líquida como el sonido. Sólo se detiene al advertir la constancia de lo efímero. De su bivalencia en rescate de la ausencia. Tan vivaz como el presente. Vive en el sueño, en las sensaciones y en el nombre. En la lengua adquirida por herencia de los espectros. El legado de los fantasmas se llama idioma. *** El idioma describe y, al referir el mundo, prescribe los nombres que la memoria le atribuye a las cosas. Los nombres establecen convenciones que, de transgredirse, afectan tanto la comunicación como la cohesión del grupo.

Los ejemplos históricos son múltiples, en los olvidos impuestos por decreto colectivo. Se busca la primera poetisa y el fundador del canon literario nacional —siempre en lengua castellana— pero se desdeñan dos ámbitos que guían la pesquisa: la lengua, en su canon monolingüe, y el género, dizque dual sin conversiones ni reversiones. Cual Venus en náhuatl-mexicano, cenicienta, nextli, quien vierte su nombre propio en un pan, tamalli, al amanecer; joven paje esclavo y perro al atardecer. Ambas esferas —lenguas diversas y género fluido— las excluye el siglo XX como aristas esenciales de una identidad. La primera arista establece un canon literario monolingüe que, en su timidez, sólo lo cuestiona el despegue de la segunda década del siglo XXI.

Por ello, los versos siguientes no clasifican como literatura salvadoreña en ningún texto consagrado del milenio anterior. Sólo en castellano. Yega kan nemi xuuchit, Por eso, ahí-donde existe la flor, muchi xujxuuchit, todas las flores, yemet [ne tepewa] witset; ellos [¿los poetas?/ne Tepewa] vienen; tachiat. las contemplan. Ne lamatsin naka wets-tuk. Keman pewa kisa ne tuunal, mu-ketsa, kisa taken-tuk ne ten-kal wan mu-tankwaketsa, pewa ta-kwika, ina: “ne xuj-xuuchit wan tuj-tuutut gi-yek-chiwa-t ne tal…”. La anciana queda acostada. Cuando comienza, sale el sol, se levanta, sale cobijada a la puerta de la casa, se arrodilla, comienza a cantar, relata: “las flores y pájaros adornan la tierra”.

(El doblete —“flores y/con pájaros”, ne xuj-xuúchit uan tuj-tuutut— sería lo más cercano a un difrasismo clásico náhuatl-mexicano que asocia flor (anthos) y canto (logos) como sinónimo de florilegio). Las dos citas invocan el concepto clásico de anthos-logos o logos de las flores, cuya traducción castellana —antología y florilegio— la remeda el término náhuatl-mexicano de in xochitl in cuicatl, al referir una metáfora similar.

La diversidad reitera el concepto vegetal de anthos/flor/xochitl/xuchit. Se trata de la primera incógnita de una fórmula dual, cuyo segundo enigma embrolla la ecuación. El logos remite al cuicatl/takwikat al idioma como canto del ente parlante. Bajo esta categoría clasifican los tujtuutut, los pájaros, como si su trino entonara un logos primordial, anterior al humano.

No sólo el logos/canto se extiende a lo natural y lo viviente —nexti taketsa, “la ceniza habla”— desde el principio (arkhe) al revisar el concepto occidental correspondiente. Además, no le atribuye esa actividad creadora a un hombre sino a divinidades neutras —ne Tepewa— y a una anciana (ojo: ne Tepewa no significa “los Muchachos de la Lluvia (Die Regen Knaben)”, sino para la mentalidad que percibe la lengua alemana más cercana de lo salvadoreño que del náhuat-pipil).

Si la anciana inaugura una agenda de género, al contemplar las flores, las deidades amplían este terreno fuera de toda noción gramatical de la castellana dual. Ni el artículo ne —the en inglés— ni el sustantivo tepewa/tepehua expresan el género que le atribuye la traducción ajena a su esfera cultural. En cambio, el ejercicio de flor y canto —flores y pájaros— introduce un eje de género excluido durante el siglo XX. Los poetas primordiales —ne Tepewa— diseminan las lluvias, recrean la fauna y la flora, a la vez que contemplan un ser particular cuyo nombre remite a la belleza poética.

Su nombre consigna lo inefable del siglo XX, según la otra arista desdeñada: el género. En efecto, si en náhuat-pipil xuchiwa se glosa “palo florido”, en náhuatl-mexicano xochihua traduce al “sirviente travesti a género ambiguo (portador de flores)” y xochiuia, “seducir, acariciar, encantar, o enlabiar a la mujer para llevarla a otra parte”. «“Xochîhua, cihuâtlahtôleh “, il ensorcèle les femmes, il a une manière féminine de parler – he bewitched and was clever with women (él embruja a las mujeres, tiene una manera femenina de hablar/habla como amanerado). Est dit d’un sorcier (se dice del brujo (nahualli))». Sahagún, Códice florentino, 4: 42). La pregunta inicial —descubrir el primer y la primera poeta salvadoreña— se complica al extremo, al verificar la estrechez de los límites que enuncia el horizonte castellano en su confusión de tres géneros: el gramatical (gender), el sexual (gender) y el literario (genre).

Las palabras se hacen cosas. Lo gramatical empaña lo sexual y ya no se percibe lo real, sino su reproducción en palabras. Por este simulacro, no se cuestiona la existencia de poetas anteriores a la institución de la lengua castellana, fundadora de la nación monolingüe. Tampoco se interroga la neutralidad de género sexual de los primeros poetas, en una lengua sin género gramatical. Además, no se refuta que el término mismo de lo bello y de la poesía —xochitl/xuchit— revoque lo dual en su ortodoxia de antípodas sin resolución. En breve, la pregunta no inquiere lo real, sino una realidad social constituida en el castellano como idioma oficial único. Se investiga un universo de la palabra castellana, horizonte exclusivo del imaginario nacional. *** No obstante, de creer que existen otras lenguas —kekchí, chortí, náhuat-pipil, lenca—se descubre que la nacionalidad monolingüe rechaza toda expresión que no sea la suya propia.

Destituye el enlace que se establece entre el género literario (in xochitl…/ne xujxuuchit…) y el género sexual (xochihua), casi en el sentido actual de LGBTI. Si por pudor se habla de su alcance poético, el campo semántico de la metáfora también refiere lo genital. Este tabú lo des-encubren frailes del siglo XVI —Fray Alonso de Molina y Fray Bernardino de Sahagún— menos puritanos que el canon literario más radical del siglo XX. Nahuil ilama namonan, ni cahualilama ni ihcpichilama ipan nonchihua o nichalcotlacatl, aha ili. ni mitz ahuiltico noxochinenetzin, noxochicamapal nenetzin. Yya ohuiya.

Ye no quelehuia in tlatohuani In Axayacaton xic hual itta, No xochitlacuilo ma ton xic hual itta, Noxochitalcuilol chichihualtzin. Ohuiya Yo soy una vieja mujer de placer, yo soy la madre de ustedes; soy una vieja abandonada, soy una vieja sin jugo. eso es lo que hago, y soy mujer de Chalco. Yo te vine a dar placer, florida vulva mía, paladarcito inferior mío. Tengo gran deseo del rey Axayacatito… Mira por favor mis cantaritos floridos, Mira por favor mis cantaritos floridos: ¡son mis pechos! (Garibay, Poesía náhuatl, vol. 3, 1968: 60). En un mundo construido de hechos —siempre codificados en palabras— la convención rige lo real. La realidad social la produce el idioma que, antes de describir, prescribe la temática a imaginar.

Por ello, sigue pendiente la verdadera pregunta: ¿cómo se llama el travestismo que, en una lengua distinta a la nuestra, inventa lo poético? Ese “Borges y yo”, lo reconocían los clásicos cuyas codas la actualidad las reprime, por la misma convención puritana y regresiva. La que oscurece los textos religiosos del siglo XVI, al no acomodarse al disimulo en boga. “Donde los muertos conducen y señalan los pasos de los vivos “(67) “yo no soy una niña como ustedes creen. Soy un niño varón. Me Llamo Rodrigo […] el abuelo” —la autoridad patriarcal— “como él manda en esta casa”, en este país, “dispuso que me pusiera ropa de mujer y que me cambiaran de nombre” (75) “me dieron chocolate […] para que me cambiara de color “(75), de raza, por razón política del mestizaje. Así me han disfrazado “los grandes” (75), los que detentan el poder, los hombres blancos, “los cheles y los judíos” quienes “clava[ron] en la cruz” al “indito Jesús” (155).

“Me convertí para mis amiguitos en varón disfrazado de niña” (76) (Claudia Lars, Tierra de infancia, 1987). “Se revelará mi verdadera identidad, mi secreto de llamarme: Marta Cecilia de la Circuncisión de Sangamín, [de] ser señorita […] si he de largarme será (así dicen todos) a condición de ser “La Martina”, “La Martita” o “Martita” […] me he sentido como un poco apenada de ser tan hombre y de estar tan Íngrimo. Sé que si me pongo traje de mujer y tacón y medias de “nylon” y todo, me voy a mariposear tan terriblemente que a saber qué va a suceder”.

Salarrué, Íngrimo (Humorada juvenil), Obras, II, 1970: 533. Nótese que su primer antólogo este libro como “el instante de las afirmaciones sexuales” (H. Lindo, “Prólogo”, en Salarrué, Obras, I, 1969: CVII) ). El puritanismo nacionalista en castellano jamás admitiría su origen complejo. Madre-varón —Rodrigo Lars— y padre-señorita. Ambos “disfrazados”, según Lars, o con “traje de mujer”, según Marta Cecilia Salarrué. Por decreto colectivo, durante el siglo XX, “mi verdadera identidad” —el travestismo de lengua y género sexual— debe reprimirse. De proseguir, la tradición más antigua —la del poblamiento del país— se obliga la emigración de toda idea que transgreda la convención. Sin cabida aún en el mundo democrático actual. En su dualidad, estos espectros rondan al alba y al crepúsculo de cada día.

Sometidos a la censura no dejan de gritar a esas horas claves. Existen otras lenguas además del castellano. Hay otros géneros —en una lengua sin género— además del masculino y del femenino. Si la flor/anthos/xochitl/xuchit factura una imagen de la poesía, su portador travesti, xochihua, se encarga de diseminarla. La propaga al alba y al ocaso de este Tlaticpacayotl, lleno de “cosas mundanas y terrenales” llamadas “sexualidad” en la lengua oficial. Tan frívolas que sólo las ejecutan todos los “hombres de este mundo”, tlalticpactlaca.


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