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Lo Real de la Nada en Kijadurías
Por:  / 19 abril, 2016
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Por Rafael Lara-Martínez/soter@nmt.edu

Desde Comala siempre…

Si en los páramos nórdicos vegeta el baldío reseco. Se enmarañan arbustos ocres sin fruto. Su envés florecería en tropos enredados al ramaje de la selva húmeda. Empero, vivimos en un mundo donde “la naturaleza se oculta”. “Donde cualquier apariencia […] suplanta la realidad”. No habitamos “el desierto de lo real” sino anidamos su deserción ante la imagen realista. Salobre, “el mar” extiende su “presente ausencia” hacia todo el orbe. Sin necesidad de visa que sólo se exige del migrante. Sin rúbrica, lo salino viaja soberano como el capital hacia su refugio oculto. Tal es el testimonio del último libro de Kijadurías, Nada (2016), cuyo ornato blanquinegro expone un clima de desolación. El réquiem actual gobierna epidemias, xenofobia, violencia, crisis, corrupción, etc. Y la poesía se interroga qué hacer. Cómo obrar ante ese “desorden mundial” que recicla el pasado, inmerso siempre en el presente. Lo viejo lo reviste de novicio el ciclo sinódico de los astros, mientras la trova inquiere la duda.

En un mundo descompuesto, opera la paradoja. El contrasentido acierta que —sin un recinto de pureza— su antípoda quedaría sin nombre y sin memoria. En esa incertidumbre perenne, el poemario se divide en tres partes. Lo inician dos largos poemas —“Nada” y “Demolición”— y lo concluyen ocho breves agrupados bajo el título “Poemas de última hora”. Lo obvio y sencillo instalarían la poesía misma en esa esfera de integridad. “Prueba de que algo existe más allá de la nada”. Entretanto, la razón científica se retuerce en el “ahogo” y en la “muerte”; las finanzas se encorvan en la avaricia. Por ideal (est)ético, sólo una lengua poética inmaculada descubriría lo absurdo del mundo actual. Hay “un lenguaje ajeno a toda corrupción”, donde no “pierden sentido las palabras”. Existe “una palabra nueva”.

La poesía atestigua la existencia de “la plaga”, el “naufragio global”. Censura “el despojo” universal. Este saqueo generalizado —se insiste— simplificaría su sentido si “el cementerio de la razón” lo erradicara “la imaginación que vivifica”. Si “la ascensión de la poesía” ahogase en su pasión “la razón” técnica. La política y el rédito. No obstante, el verso confirma su despido de ese ámbito de tanto primor y pulcritud. En el titubeo de su entereza, sin cese los poemas reiteran la unión de los contrarios. En teoría, infinita, esa serie recibe los siguientes apelativos. “Amanecer/Noche”, “Vida/Muerte”, “Prosa/Verso”, “Memoria/Olvido”, “Palabra/Silencio”, “Escribir/Borrar”, “Crear/Destruir”, “Razón/Pasión”, “Misterio/Revelación”, “Belleza/Terror”, etc. Más que su discordancia interesa la armonía y conversión de los opuestos. “En este espacio los contrarios se extinguen”.

No en vano, ante la página en blanco, la ansiedad por escribir se desdobla. Oscila de su destreza activa —al colmar el papel de letras— hacia la siniestra obra de borrarlas. “Arroja todo al fuego. Conviértelo en ceniza” como aquella “novela” juvenil. Toda inscripción lleva en tilde su vocación de tachadura. El reverbero lo repiten las parejas de antónimos. Por espejeo certero, la “memoria del olvido” la revierte el olvido de la memoria. En anuncio y renuncia al sustituir la nada por el todo. En ese eterno instante de coincidentia oppositorum, el poeta dimite de su halo profético. “Te creíste inventor de la palabra que redimiría el mundo/Sólo fue un sueño”. El mundo que es ahora “pesadilla”.

En entredicho de su vocación redentora, el poeta confirma la ilusión de esa “palabra que” salvaría “el mundo”. Heredero de la misma “demolición” global en denuncia, “escribir conduce siempre al fracaso”. El desaliento no transcribe el pesimismo, sino calca lo real que se evapora. Se esfuma la vida misma del poeta quien se acerca a la muerte —no en conciencia— sino en esencia biológica. Se le escapa la realidad tangible y viviente en el reino de este mundo. Tan Real como lo social es la revolución terrestre alrededor del sol: el espacio-tiempo de la historia. El giro astral acumula años en el sujeto humano mortal. En el poeta que palpa la muerte sin pretensiones de eternidad divina. “Ahora estoy cansado. El peso de los años me confunde”.

Ese ser-corpóreo-para-la-muerte confronta el dilema de Edipo. Anhela descifrar el acertijo milenario del humano ante su destino trágico. Solitario, sólo en el acto de escritura, recibe el llamado de la Esfinge cuya figura –entre mujer y bestia— lo interroga. Sin cese, lo cuestiona del misterio al enigma siempre irresueltos. Sin solución, ya que de responder acertadamente al aforisma del oráculo, el poeta se investiría en profeta iluminado. Acaso en “el héroe. El más solitario de los hombres” por cuya “boca hablan los dioses”. Bendito, precipitaría la historia humana hacia el fin apocalíptico del saber supremo. Ya no habría incógnita a revelar, ya que la gesta humana la zanjaría un docto poema en Aleph borgeano.

Empero, ante la dificultad de afirmar que “lo único real es la poesía”, perdura lo inefable. Sean las cosas sin nombre, lo “que jamás se muestra”, lo “innombrable”, el tabú de nombrar, etc. la omnisciencia poética se desvanece en su contrario. Sea también la paradoja que sólo entrega la verdad en la mentira. “Siempre he mentido y seguiré mintiendo hasta/hacer de la mentira el espejo donde el mundo se vea”. Hasta acceder a la verdad desnuda que se arropa en palabras. La Nada limita la Totalidad. El todo que no es uno, sino en la dualidad contradictoria de su esencia. N + 1, arquetipo del número. El indiviso excluye el cero (0), en el escozor de la memoria que olvida. ¡Oh vida!, en olvido (lethe) del cimiento de toda verdad (a-lethe). La Nada funda el Todo, como la verdad la instituye el olvido infinito que la sustenta. Quizás…


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