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El cuarto de las bombas
Por:  / 13 mayo, 2017
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Foto de Santa Ana. Colección cortesía de Carlos Quintanilla.

 

Por Tania Primavera/taniaprimavera777@gmail.com

Todo era un misterio. Jugaba con los conejos, los golpeaba y después quería curarlos, era algo cruel. Era en Santa Ana, en una navidad, llevaron un gran pino real que le pusieron muchos de esos chicles como monedas. Quise saber que tenían adentro los fulminantes, y me explotó uno en la mano. En esa casa, que recuerdo como nuestra primera morada como familia, era bien grande. Tenia varias habitaciones. Corredores. Tejados. Un patio y un traspatio con cuatro árboles. Dos de mango, uno de limón, y otro de achiote. Cada hermano, de los cuatro, dos bichas y dos bichos, nos apropiamos de un árbol. Y nos subíamos a ellos. Pero también estaba el cuarto de las bombas.

La guerra civil estaba en boca de muchos, pero cuando una es una niña no siente miedo. Eso solo lo sentí cuando levantaron con sus fusiles nuestras sábanas los soldados. Pero eso es otra historia.

En el cuarto de las bombas, ahí, era prohibido estar. La memoria olvida. Llegaba mucha gente a la casa. Eran costales llenos de conchas para hacer cocteles y reuniones. Pero también hacían reuniones nocturnas. Clandestinas. Ya venia mi padre con la esperanza de acabar con la injusticia, y besar con pólvora la ciudad. Yo no comprendía nada. El era un brillante académico, un físico matemático y hippie. Después de la guerra, tampoco logré hablar con él.

En la sexta avenida norte de la ciudad, teníamos a nuestros amigos y ahí estaba la casa, jugábamos todas las tardes. Calle polvosa. Atardeceres mágicos. Juegos que ahora ya no existen en las mentes infantiles. En nosotros había paz y complicidad. Hacíamos travesuras. Varias veces fuimos a caminar entre caminos y quebradas, yo subida en los hombros de papá, pero él seguro, bien claro tenía alguna misión. Algo hacía. Algo guardaba bajo tierra. Alice, o sea mamá, me ha contado que a la par de esa casa vivía un guardia, que sabía la lucha de mi padre, pero que nunca dijo nada. Seguro que nadie de mi familia estuviera vivo, si esa persona hubiera hablado.

Una vez, tuve un susto en esa casa, yo juraba que asustaban. Pero todo es paja. Como mamá y papá, amaban la música, y eran fuera de serie. De repente, papá se levantaba para subirnos al techo y escuchar Rimski Korsakov o alguna melodía de Oxígeno, la cosa es que son momentos inolvidables que me abrieron la mente, que me hicieron reconocer de por vida, la música más exquisita. Con él escuché desde sus dedos y guitarra, las melodías perfectas de Mangoré o The Beatles.

Eran jóvenes, muy jóvenes, universitarios. Decididos. Todo estaba en nuestra casa. Hacían bombas artesanales. Tenían misiones que desconozco. Dice Alice, que JL le pidió ir a aquella famosa operación insurgente en Cutumay Camones como primeros auxilios de las unidades guerrilleras. Pero ella se negó, pues pensó en sus hijos. Casi todos los combatientes murieron en ese enfrentamiento, los emboscaron. Esos momentos, felices, terminaron. Nos tuvimos que cambiar de casa, nos fuimos a una mas pequeña, casi en las afueras de la ciudad por donde comenzaba La Ciudad de Los Niños, donde habían huérfanos, en las faldas del cerro Santa Lucía. Posteriormente y durante años, rodamos por muchos lugares. Aun no tengo casa propia.

JL se esfumó, se fue a la montaña o a otros lugares que nunca supe. Luego regresaría silbando, pero alguien lo delató y lo capturaron. Eso fue después. Pero en la nueva casa, que nunca fue nuestra, ya no hubo un cuarto de las bombas, solo misterio.

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